Buscador

Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas

Cuando no se vuelve a casa por Navidad

por Mariángeles Di Falco

Hace seis años tomé, junto con mi familia, una de las decisiones más difíciles y valientes de nuestra vida: dejar nuestro país, Argentina, para comenzar de nuevo en España. No fue una elección sencilla ni impulsiva, sino una decisión reflexionada profundamente, tomada desde el amor y la responsabilidad de nuestra familia.

Vinimos juntos Adrian, Santiago, Morita (nuestra perrita) y yo, buscando una mejor calidad de vida, mayores oportunidades y un futuro más justo para Santi.

La distancia, sin embargo, tiene un peso que nunca desaparece del todo. Estar lejos de mi país significa extrañar los afectos, las voces conocidas, los abrazos que no se reemplazan con llamadas, las reuniones familiares, las tradiciones y esa sensación tan propia que se tiene al sentirse en casa. Hay días en los que la nostalgia aparece sin aviso, y el corazón viaja miles de kilómetros en segundos, recordándome de dónde vengo y a quiénes extraño. Pero junto a esa melancolía también vive el orgullo por todo lo que hemos logrado. Pontevedra se convirtió en nuestro nuevo hogar, en el lugar donde hemos podido construir una vida más estable, con mejores recursos para la salud, la inclusión y el bienestar de nuestro hijo. Aquí hemos encontrado oportunidades, nuevas experiencias y una fortaleza que, quizás, no sabíamos que teníamos. Como familia hemos crecido, nos hemos unido aún más y hemos aprendido a valorar cada pequeño avance y cada logro cotidiano.

En este camino lejos de nuestra tierra, la Fe ha sido un sostén fundamental. Nos ha dado consuelo, esperanza y la certeza de no estar solos, incluso en los momentos más difíciles. La comunidad parroquial de Santa María nos abrió las puertas desde el primer día, regalándonos un espacio de contención, cercanía y fraternidad que alivió la distancia y nos hizo sentir parte de una gran familia.


Compartir la Navidad en esta comunidad parroquial siempre nos brinda momentos significativos. Aunque los afectos de nuestra tierra se extrañan profundamente, vivir este tiempo junto a hermanos en la fe nos recuerda el verdadero sentido de la Navidad: el encuentro, el amor, la solidaridad y la confianza en que Dios camina con nosotros, aún lejos de casa. En Santa María encontramos un hogar espiritual donde la ausencia se vuelve más llevadera y la esperanza se renueva.

Vivir lejos de Argentina no significa dejar de amarla, sino llevarla siempre dentro. El cariño de nuestros seres queridos se extraña, sí, y siempre se extrañará, pero también reconforta saber que la decisión tomada fue por amor, por fe y por un futuro mejor. Hoy mi vida se construye entre dos lugares: el país que me vio nacer y el país que me permitió crecer como familia. Y en ese equilibrio entre la nostalgia, la gratitud y la confianza en Dios, sigo adelante, con la certeza de que todo sacrificio tuvo y tiene un profundo sentido.

Que esta Navidad nos encuentre unidos en la fe, agradecidos por lo vivido y esperanzados en lo que vendrá. Que el Niño Jesús renueve nuestras fuerzas, abrace a quienes están lejos y llene de paz cada hogar, especialmente a quienes, como nosotros, celebran estas fechas corazón dividido entre dos tierras.

Con cariño, deseamos una Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de bendiciones, fe, amor y esperanza.

Adviento, tiempo de esperanza

por Gabriel Bravo

Desde este pasado domingo, estamos en el tiempo litúrgico del Adviento, en el que esperamos el nacimiento de Jesús, nuestro Redentor.

Histórica oración ecuménica del Papa León XIV y los Reyes de Reino Unido

por Carmen Sánchez 

El jueves, 23 de octubre, tuvo lugar un encuentro entre el Papa León XIV y los reyes del Reino Unido.

No es esta la 1ª vez que se produce una visita de estado entre los monarcas británicos y un Papa, pues la fallecida Isabel II tuvo varios encuentros con algunos Papas, pero sí es la primera vez que se reunen para una oración conjunta.

Es, por tanto un hito en las relaciones entre un rey inglés, cabeza de la Iglesia Anglicana, y el Papa, máxima autoridad de la Iglesia Católica para orar juntos.

Recordemos que hace 500 años el rey Enrique VIII se separó de la Iglesia Católica y fundó la Iglesia Anglicana, de la que se proclamó jefe supremo.

Este acontecimiento me lleva a una reflexión sobre la importancia de tender puentes, de unir en lugar de separar, de que es más importante ver lo que nos une que lo que nos separa y en este caso creo que unirse y rezar juntos a Dios para alabar la belleza de su creación y preservarla es un acto que nos recuerda que creemos en un mismo Dios.

Tomemos ejemplo y dejémonos de prejuicios y de menospreciar a los demás. Los caminos y los tiempos del Señor no son los nuestros y en sus manos está el juicio.

“No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro”(Lucas 9, 50).

¡¡¡TRIBUNA LIBRE!!!

 Opina: Carmen Sánchez (Círculo de Oración y Vida Betania) (Parte II)

Si habeis leido mi anterior post ya sabeis que dejé pendiente un tercer comentario. Pués bien, este lo leí en la sección de cartas al director de un periódico. Como habreis observado, el tono de los comentarios anteriores era un tanto jocoso;este,en cambio, sé que me va salir más serio porque cuando lo leí me produjo una enorme tristeza.

Escribe una lectora: "A estas alturas de la pelicula dejen ya de hablar de la eutanasia, que hay enfermedades incurables y dejen a cada uno con su conciencia”.(Menos mal que dijo eutanasia y no el dichoso eufemismo “derecho a morir dignamente”).

¡¡¡TRIBUNA LIBRE!!!

 Opina: Carmen Sánchez (Círculo de Oración y Vida Betania)


Estos días he visto, leído y escuchado algunos comentarios que me han llamado poderosamente la atención y que me llevan a reflexionar sobre a qué grado de pobreza moral y espiritual estamos llegando.

Comparto tres, porqué sino esto se haría muy largo y no es cuestión de aburrir. Es compartir algo que quizás, en este tiempo de Adviento, pueda servir para centrarnos en lo que de verdad importa.

¡¡¡LA SONRISA DE TUS OJOS!!!

     “La sonrisa de tus ojos”


Mi madre solía decir: “Lo poco que cuesta una sonrisa, y cómo se agradece”, Efectivamente es así, y cuántas veces echamos en falta este gesto en nuestras relaciones, siendo ahora, en época de la pandemia, cuando hemos descubierto esa otra forma de sonreír, como es la que, por el uso obligatorio de la mascarilla, hemos tenido que trasmitir únicamente, por medio de nuestros ojos. Y por lo tanto, a través de ellos, manifestar nuestros sentimientos más profundos. Pues bien, por esta circunstancia sobrevenida, se nos ha desvelado, que aparte del gran atractivo físico que esta parte de nuestro cuerpo encierra, éstos poseen unas cualidades que quizás hasta ahora nos pasaban desapercibidas, y éstas no son otras que su gran valor comunicativo de toda clase de sentimientos: alegría, tristeza, felicidad o cariño. Con lo cual, ha quedado demostrado que si bien la expresión de la boca  puede trasmitir un estado aparente de alegría o mal humor, son los ojos los que desvelan el verdadero sentimiento de la persona, porque los labios podrán esbozar una sonrisa, pero serán tus ojos los que delatarán si ésta es fingida, porque son éstos los que reflejan el verdadero estado de ánimo de cada persona, como muy acertadamente dice nuestro refranero popular: “Los ojos son el espejo del alma”, siendo los niños los que mejor perciben nuestros sentimientos a través de la mirada, quizás por su inocencia y limpieza de corazón.



                        Adolfo Costas Gascón




       

¡¡¡HONRAR A LOS DIFUNTOS!!!

El sacerdote y periodista Mons. Alberto Cuevas Fernández nos ofrece una reflexión donde clarifica como los cristianos debemos honrar a los difuntos, según lo que aconseja a sus miembros la madre Iglesia. Está publicada en el diario “Faro de Vigo” del domingo 31 de octubre, y nosotros nos hacemos eco aquí:




 HONRAR A LOS DIFUNTOS 


Es el modo generoso y agradecido de seguir viviendo, tras su tránsito, el cuarto mandamiento del decálogo. Y este mes de noviembre dedicado tradicionalmente a la reflexión sobre las postrimerías de la existencia humana, nos ofrece en bandeja la ocasión de clarificar, al menos a quienes se consideren cristianos, la adecuada conducta que se nos reclama ante la muerte de un ser querido. Y es que con excesiva frecuencia constato apenado que ni siquiera los que se creen mejor formados están siendo ejemplo a seguir y modelos a imitar. Ahí va, pues, de manera sucinta el modo de hacer las cosas como lo aconseja a sus miembros la madre Iglesia en tales situaciones.

¡¡¡DIOS NO SE VA DE VACACIONES!!!

 Estamos en pleno verano, algunos de vacaciones y otros trabajando, pero quizás con un ritmo menos intenso que durante el curso. 

Trabajo en un colegio y con frecuencia algunos de mis tutorados al comienzo del nuevo curso, en septiembre, me comentan que se han olvidado de Dios durante las largas vacaciones de verano. Durante el curso rezan, asisten a Misa en ocasiones entre semana, no solo los domingos, se confiesan con cierta regularidad, participan en los planes de voluntariado con los más necesitados, etc, etc,…pero llega el verano y parece como si Dios se hubiese ido de vacaciones, pues esas prácticas de vida cristiana las abandonan durante este periodo. Y esto nos puede ocurrir también a los adultos si nos descuidamos.

Está claro que durante las vacaciones de verano estamos más relajados, pero eso no implica que abandonemos nuestra lucha. En primer lugar estar de vacaciones no significa “no hacer nada”. Debemos tener un horario flexible y ocupar el tiempo en actividades que requieren menos esfuerzo, pero que nos enriquecen y además agradan a Dios: La lectura, disfrutar de la naturaleza, cultivar un hobby, hacer deporte, salir con familias amigas, etc. 

Hemos de pensar también que tenemos más tiempo para Dios. Con esto me refiero a que podemos hacer un rato de oración todos los días, si puede ser delante de un sagrario mejor, con más calma que durante el curso, donde el ritmo de vida nos come más de una vez. Podemos también plantearnos asistir a la Sta. Misa no solo el domingo, sino también entre semana, en la medida que nos sea posible. Y comulgar, si estamos en gracia. Y aprovechar para darle las gracias a Dios por tantas y tantas cosas que nos concede. También para pedirle por nuestros familiares y amigos, por todos los afectados de la pandemia, por todas las personas con las que nos relacionamos durante el día, por los que sufren, por las intenciones del Papa, por los triunfos de  nuestros deportistas olímpicos, por tantas y tantas cosas…

A mí me gusta particularmente la playa y bañarme en el mar. En muchas ocasiones las playas están llenas de gente que disfrutan de un maravilloso día de Sol. Me pregunto cuántas de las miles de personas que han pasado unas horas en las bellas playas que tenemos en Galicia le dan gracias a Dios al recoger su sombrilla y demás bártulos por lo bien que lo han pasado. Todo se lo debemos a Él. Disfrutamos en el fondo de su maravillosa creación. Es una buena costumbre también rezar el Rosario en la playa pidiendo por los que ese día la comparten con nosotros. 


Este año no habrá seguramente procesiones ni atracciones en las fiestas de la Peregrina, pero eso no es un obstáculo para que estemos esos días muy unidos a la Virgen. Ahí está nuestra fiesta.

Vivamos lo que queda de verano con mucha presencia del Señor y de su Madre. Ellos no se van de vacaciones. Nos esperan en cada momento.                       

                                        Gabriel







¡¡¡LINFOCITOS!!!

 Los linfocitos son parte del sistema inmunitario y, en esta pandemia, están llamados a hacer “horas extra”. Parece que ese es uno de los posibles efectos de las vacunas anti covid, propiciar que se generen linfocitos que paren la expansión del virus. O eso al menos he creído entender leyendo alguna noticia sobre el particular.


En nuestras parroquias contamos con unos peculiares “linfocitos”, los fieles que de manera generosa y desinteresada ayudan a desinfectar el templo después de cada celebración. Sin esta colaboración imprescindible no podríamos mantener el culto público, sino que habría que volver al estado de “catacumbas” vivido durante un tiempo a partir de mediados de marzo del pasado año.


La relación entre protección de la salud y fe es un aspecto concreto del lazo que vincula a la razón con la fe, a lo humano con lo divino. En términos teológicos esa conexión se ve regulada por lo que enseña el concilio de Calcedonia acerca de la correspondencia que, en la persona de Jesucristo, se da entre la naturaleza divina y su naturaleza humana: “sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación”. Las propiedades de cada una de las naturalezas “de ningún modo queda suprimida por su unión”.


La observancia en los templos de las medidas sanitarias - uso de mascarilla, distancia social, higiene de manos, desinfección… - viene urgida por nuestra condición humana y por la consiguiente aplicación de lo que la razón dicta: hacer caso a los expertos en medicina. En absoluto esa observancia se opone a la fe, sino que se une a ella, ya que Dios cuenta con que nuestra respuesta a él – y eso es creer – asuma la realidad de lo que somos; por tanto, también nuestra inteligencia.


La posibilidad de celebrar el culto, en especial la Santa Misa, con la asistencia libre de los fieles es decisivo para la vida de la Iglesia. Verse privados de esa posibilidad a largo plazo supondría un grave daño. De ahí la importancia de procurar con esmero que las iglesias sigan siendo, como lo han sido hasta ahora, lugares seguros desde la perspectiva sanitaria.


Comentando con una feligresa mi preocupación por la ausencia de algunos fieles en la Santa Misa, ella me contestó con gran convicción: “Si tienen fe, en cuanto puedan volverán”. Tiene razón. Aquellos que no acuden a la celebración para preservar su salud si tienen fe echarán de menos la participación en el culto. Si tienen fe, volverán en cuanto les sea posible.


Esta pandemia está resultando un crisol para todos; nos pone a prueba, nos obliga a verificar la autenticidad de nuestro compromiso concreto con Jesucristo y con su Iglesia. “Si tienen fe, volverán”.


En nuestras parroquias estos feligreses que actúan como linfocitos contribuyen desde lo pequeño a que se haga presente lo más grande, la cercanía de Dios, su visita en los sacramentos. “Id a prepararnos la Pascua”, le dijo Jesús a Pedro y a Juan. Y así lo hicieron, en “una habitación grande amueblada con divanes”.


Son muchos los fieles que han intensificado su colaboración con las parroquias, dedicando su tiempo, su trabajo y hasta su dinero. Dios se lo pagará como solo Él sabe hacerlo.


Guillermo Juan Morado


Artículo publicado en Infocatólica

¡¡¡ESTA NAVIDAD, LA MEJOR NAVIDAD!!!!

En la situación que vivimos, las restricciones provocadas por la pandemia nos brindan la oportunidad de poder centrarnos en este tiempo litúrgico. Siento que últimamente el significado de la Navidad se va diluyendo y se va convirtiendo en una mera fiesta en la que sólo se piensa en comer copiosamente y hacerse regalos. Está claro que el deseo de reunirnos toda la familia es algo bueno pero lo que ha dejado de tener sentido es el por qué de esa juntanza. La gente se preocupa por adornar la mesa con un montón de chilindradas, también por que haya comida en abundancia y todo tipo de postres y dulces. En algunas casas hay un montón de luces, espumillones, guirnaldas, árbol de Navidad... Pero, ¿se pone también el Nacimiento? Quizá en algunas si, aunque no en todas porque parece que es más llamativo y atractivo un árbol con luces y bolas de colores que un humilde Nacimiento. Y, a veces, en aquellos hogares en los que se coloca el Nacimiento se adelantan los acontecimientos poniendo a la Sagrada Familia al completo sin darse cuenta que hasta el día 25 no nace Jesús y así, nos adelantamos tanto a ese gran día que cuando llega nos pasa desapercibido entre tantos otros y no advertimos que es precisamente ese día cuando deberíamos colocar la figura del Niño Jesús en el pesebre y centrarnos en lo importante de estas fechas.

¡¡¡CARTA PASTORAL DE ADVIENTO!!!



Así se expresa Don Julián Barrio en la Carta Pastoral para el tiempo de Adviento. En el texto, el arzobispo nos anima a todos los diocesanos a vivir “cristianamente la Navidad”, ya que “el Señor se ha hecho contemporáneo de la vida de cada uno de nosotros, también en medio de esta pandemia que nos desasosiega y cuestiona”. 

¿ Quieres leerla entera? Encuéntrala aquí



SAN ROQUE Y MI MADRE


No era mi madre especialmente practicante en lo referente a la religión y, sin embargo, era muy devota del Nazareno, la Virgen del Carmen y San Roque. Con los dos primeros cumplía, siempre a su manera. Cada vez que iba a la plaza se pasaba por delante de la capilla, dejaba su limosna en el peto de las Ánimas y rezaba. A la Virgen del Carmen le rezaba en casa ante una pequeña imagen que cuidaba con mimo; todo muy “casero” y, como ella decía, con mucha gracia, "eles e eu entendémonos ainda que non vaia a Iglesia". 

¿¿¿UN DIOS A LA CARTA???

La semana pasada conversaba con un amigo sobre una noticia que había visto en el telediario. En una encuesta sobre síntomas del coronavirus,  un 70% de los encuestados confesaba haber ido al trabajo con síntomas compatibles con el Covid 19 ocultándolo, por miedo a perder su empleo. Mi amigo opinaba que eso estaba muy mal, que no era lo correcto y yo argumentaba que no conocemos las circunstancias de esas personas. Quizá sea un padre o madre de familia que cuentan con ese único ingreso económico para vivir y que si pierde el trabajo no podrá hacer frente a los gastos que tengan ni podrá alimentar a sus hijos y que podrían terminar en la calle desahuciados y apartados de la sociedad. Le decía que el miedo es libre y que la responsabilidad de mantener a una familia es muy grande. Yo le preguntaba que haría él en ese caso y no dudó en contestar que él avisaría de que tenía esos síntomas. Yo, en cambio, dudaba.

Al día siguiente ojeando los textos bíblicos que la Iglesia proponía  para ese día me llevé una gran sorpresa. Aunque a algunos os cueste verlo, el Señor nos habla todos los días, se comunica con nosotros a través de Su Palabra, la Biblia, y a mi me aclaró mis dudas.

En la primera lectura el profeta Amós advertía a Jeroboam, rey de Israel, de que su forma de gobernar le llevaría a la muerte y a su pueblo al destierro pero este rey no quiere oírlo, no le interesa lo que le dice y lo expulsa del país.

El salmo propuesto decía que los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos y que la ley del Señor es perfecta.


Me quedé meditando sobre esto y sobre la conversación con mi amigo y me di cuenta que mis dudas sobre lo qué haría yo si me encontrara en una situación parecida a la de la noticia del telediario, son muy humanas y normales pero por muy humanas y normales que me parezcan no deben confundirme. Dios dice claramente que la vida humana es sagrada y si yo ocultara que tengo síntomas de coronavirus y realmente estuviera infectada estaría poniendo en peligro la vida de otros además de la mía.


 Jesús nos habla del amor al prójimo y ¿que clase de amor al prójimo practico si sólo pienso en mi y mis circunstancias? 

Mis dudas, igual que las de muchas personas sólo son fruto del miedo y el miedo no es más que falta de confianza en Dios. Es difícil verlo de esta manera porque, en  ocasiones, tendemos a culpar a Dios de nuestras desgracias cuando, la mayor parte de las veces, la culpa es nuestra. Dios no tiene la culpa de que nuestra sociedad funcione así, no es responsable de la precariedad laboral ni de la desconfianza de las personas, esto sólo es fruto de nuestras acciones y decisiones. 

A veces decimos (o al menos yo lo tengo dicho) que seguimos los mandatos de Dios pero anteponemos nuestras ideas, nuestras costumbres, nuestro parecer,  a Su Ley, queremos seguir a un Dios a nuestra manera. Lo aceptamos y seguimos cuando nos va bien y cuando nos resulta fácil cumplir sus mandamientos pero cuando las cosas no van como nosotros queremos, cuando la cosa se pone difícil entonces surgen las dudas, los peros, los " y si esto...y si lo otro" entonces hacemos como ese rey de Israel, lo apartamos, lo expulsamos de nuestra vida. 

Buscamos un Dios a nuestra conveniencia en vez de fiarnos de Nuestro Dios que, aún sin que nosotros sepamos cómo o sin entender de qué manera, siempre quiere lo mejor para nosotros y, sin merecerlo, nos ama como nadie nos amó ni nos amará nunca.

Quizá debamos dejar de quejarnos, de poner excusas y de justificar nuestras decisiones  y debamos ser más fieles a Él y a Sus mandatos porque como sigue diciendo el salmo "La ley del Señor es descanso del alma, Sus mandatos son rectos y alegran el corazón" y no hay mayor paz que la paz interior, la paz del espíritu que surge al tener la conciencia tranquila por saber que se está haciendo lo correcto, lo que agrada a Dios.


Ana Penas

¡¡¡ADORACIÓN EUCARÍSTICA!!!

¡Cómo echábamos de menos los encuentros con el Señor!
Pero no solo lo tenemos en la Eucaristía, si no que cada día de lunes a viernes podemos tener un ratito de oración con Él de 11:30 a 12:00h. ¡Te está esperando!


¡¡¡SED COMO NIÑOS!!!

El sábado pasado tuve que salir a comprar a una tienda del centro de Pontevedra bastante alejada de mi calle. Ya sé que nos recomiendan comprar en tiendas próximas a nuestras viviendas pero lo que tenía que comprar era algo específico que sólo podía encontrar allí. Cuando salí de casa camino a la tienda iba mirando para todos los lados disfrutando de la paz que se respiraba, del silencio, de la tranquilidad...podía pararme a ver todo lo que me rodeaba sin interrupciones de ningún tipo, sin movimientos por todos lados, sin ruidos de coches, sin voces  hablando a gritos por el móvil y pensaba que un poco de tranquilidad en las calles no estaba nada mal. Y ahí di de lleno con el matiz, "un poco" porque una vez que venía de regreso con mi compra la sensación fue bien distinta.

Estaba pasando por zonas en las que habitualmente había un trajín de gente por ser muy céntricas y sin embargo esta vez no había nadie, no había nada, el silencio era absoluto, la quietud total. Estando ya cerca de mi casa entré en una calle en la que me invadió una sensación muy extraña y angustiosa. Miraba hacia adelante y no había nada, un silencio como de desierto o incluso peor pues ni siquiera se oía el aire al moverse, había como un vacío total. Miraba hacia los lados y más de lo mismo, nada. Alcé la mirada hacia arriba porque pensé que quizá estaría alguien mirando por la ventana pero no había nadie. Allí parada recorrí  con la vista todo lo que me rodeaba y nada de nada. A medida que fui avanzando por la calle me iba invadiendo una sensación inquietante, me sentía la única persona del planeta, era como si la humanidad hubiera sido aniquilada y empezó a entrarme algo de miedo, más bien pánico y apuré el paso hasta llegar a mi calle en donde, al menos, había alguna persona eso sí pocas, en el más absoluto silencio y colocadas en fila a una distancia prudencial esperando para entrar al supermercado. Me paré a observar la escena y mi estado no mejoró. Ahora era una profunda tristeza lo que sentía. Las personas más que humanas parecían autómatas, no hablaban entre ellas y prácticamente ni se miraban, me pregunté:


¿Qué nos está pasando?¿ Nos hemos olvidado de quienes somos? ¿ Nos hemos convertido en una especie de robots?

Pasé todo el día con "mal cuerpo" primero porque no entendía por qué recorriendo el mismo trayecto,  la sensación del camino de ida a la tienda fue una y a la vuelta la contraria y lo que es peor no conseguía entender cómo esta pandemia nos estaba transformando de ser seres altamente sociables a convertirnos en una especie de islas humanas. Es cierto que debemos mantenernos a distancia unos de otros, pero ¿ desde cuándo eso nos ha impedido hablar? Ahora parece que nos miramos con cierto recelo, como si el otro fuera un apestado y pudiera contagiarnos sólo con mirarnos, porque ni a la cara nos miramos. Fue uno de los días más tristes que recuerdo.


Por la noche, en las noticias, el presidente del gobierno anunciaba que se empezaban a relajar un poco las medidas de este confinamiento y no solo  los niños podrían salir a pasear, en una semana también podríamos salir los mayores. Esta noticia me hizo mucha ilusión porque después de la experiencia vivida esa mañana entendía que esta situación de encierro empezaba a hacer mella en mi ánimo pero, al mismo tiempo sentía cierta preocupación por cómo íbamos a reaccionar en esa primera salida. Igual algunas personas decidían no salir por miedo al contagio o si decidían salir lo harían con tanto miedo que le impediría disfrutar de ese momento. Quizá vayamos huyendo unos de otros y ese control por mantener las distancias genere más estrés que alegría... Yo que sé. Me acosté con toda esta mezcla de extrañas sensaciones.


Pero Dios es Grande, muy Grande y la mañana siguiente me permitio vivir una escena maravillosa que ha borrado de un plumazo mi agobio. Estaba haciendo cosas por casa y, de repente, oí unos gritos infantiles. Era bien temprano y hacía tanto tiempo que no se oían voces de niño en la calle que salí corriendo a la ventana. Había un niño en la acera mirando hacia arriba y gritando. ¡Abuelo, abuelo, sal que estoy aquí!


De repente vi abrirse una ventana  y la cabeza de un señor mayor que se asomaba con una enorme sonrisa.  ¡Que diferente esta escena a la del día anterior! No había ni un ápice de tristeza, miedo o preocupación sólo había alegría y felicidad. Se produjo un maravilloso diálogo entre ellos de amor y esperanza a pesar de que les separaba más distancia del ya conocido metro y medio y hubo muchos, muchos besos lanzados al aire.


Fue un momento de mucha emoción que agradecí a Dios  y que yo viví como la respuesta del Señor a mi angustia, a mi preocupación, porque el Señor es así, se comunica todos los días con nosotros, a través de personas, de gestos, de situaciones, de la misma naturaleza en todo hay signos de Su presencia y en nuestras manos está aprender a reconocerlos.


Ese día Jesús me tranquilizó y me enseño que debemos ser como ese niño y mostrar nuestra alegría, nuestra emoción y nuestros deseos de volver a recuperar nuestra esencia de seres sociales y necesitados de comunicarnos, de relacionarnos sin miedo y aunque los gestos físicos de cariño tendrán que esperar un poco, para eso están los besos lanzados al aire.


¡ Sed como niños ! ¡Que razón tienes Maestro!



Ana Penas

¡¡¡EMAÚS!!!

"¿No ardían nuestros corazones cuando nos hablaba en el caminoy nos explicaba las Escrituras?" (LC 24, 32)

El pasaje del Evangelio de Lucas donde nos habla de los discipulos de Emaús, es uno de los que mas me hace pensar en lo importante que es conocer la Palabra de Dios ¿Qué es lo primero que hace Jesús cuando se les aparece? Explicarles la Sagrada Escritura.¿Qué efecto hace eso en sus  corazones? Arden. Y,después ¿Cómo lo reconocieron? Al partir el pan y con sus corazones ardiendo. ¿No os recuerda todo esto lo que celebramos en la Misa? Primero la Palabra,a continuación la Consagración,Partición y Comunión del Pan convertido en Cuerpo de Cristo.



Este pasaje me ha hecho pensar en lo importante que es leer y profundizar en la Palabra de Dios. No debería, para un católico, pasar ni un solo dia sin leer algun pasaje de la Biblia, meditar, hacerse preguntas y tratar de encontrar respuestas que nos hagan crecer en la fe para seguir el camino que de verdad importa:la salvación.

En los tres años de predicación ¡Cuántas veces Jesús nos recuerda textos del Antiguo Testamento!¿Por qué? Porque todo el AT es testimonio del amor de Dios por el hombre, guía para su salvación , esperanza, promesa y anuncio del Mesias que nos redimiría y sellaría la nueva alianza.

Yo creo,es mi percepción personal,que muchos católicos han dejado un poco de lado la lectura diaria de la Biblia(sobre todo el AT) y se han conformado con las lecturas dominicales que,a veces por repetidas a lo largo de los años,han dejado de inflamar los corazones volviendolos tibios."Ay de vosotros los tibios",dice Jesús. Solo se ama lo que se conoce y,si no conocemos la palabra de Dios,¿como podremos amarlo? ¿como hacer que nuestro corazón arda como en los discipulos de Emaús? Dejándonos acompañar por Jesús a través de la Palabra;solo asi aprenderemos a conocerlo,amarlo y ser testigos suyos.

En esta Pascua tan atípica, especialmente para un católico que no puede recibir a Jesús Sacramentalmente, profundicemos en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura para que arda nuestro corazón y,cuando vuelva la normalidad, podamos celebrar la Santa Misa todos juntos con nuestros corazones ardiendo en el Sagrado Corazón de Jesús Resucitado.

“En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios”(Jn 1, 1) “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14)

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

Carmen (cov Betania)

LA PRÁCTICA RELIGIOSA EN TIEMPOS PANDÉMICOS

Los cristianos españoles estábamos acostumbrados a tener el culto, las prácticas espirituales y pastorales muy organizadas. Teniendo muchas facilidades para la recepción de los sacramentos y los ejercicios de piedad. De pronto, el panorama ha cambiado radicalmente por el coronavirus y el obligado confinamiento en nuestras casas. 

¿Qué hacemos ahora? 

Pues ante todo tener claro que para un católico y también para numerosas personas de buena voluntad, salvar vidas humanas es un bien supremo que está por encima de cualquier práctica religiosa pública. 

Repasemos las Sagradas Escrituras, el Catecismo y recordemos lo que hicieron otros cristianos en situaciones límites o de persecución. Pero, sobre todo, no olvidemos que la fe cristiana va de dentro hacia fuera, se da en el corazón y se confirma en las buenas obras. 

¿Por qué no comenzar a pensar que estos tiempos calamitosos es una oportunidad de gracia para tener un cristianismo más interior y menos de fachada? 

La hora presente es como de destierro, que dará muy buenos frutos de consolidación en lo esencial tanto en la fe como en la vida social. Algo parecido le sucedió al pueblo judío cuando fue deportado a Babilonia en el 587 a.c. La situación era tal, que el mismo profeta Daniel llego a decir: “En estos momentos no tenemos…. ni un sitio donde ofrecerte primicias para alcanzar misericordia” (Dn 3,38)
 Ya no existía el templo, ni estaban en su tierra, no poseían nada donde apoyarse, pero la mayoría de ellos resistieron a la prueba porque tenían grabados en sus corazones los preceptos de la Alianza de Yahvé con su pueblo. 

También nosotros los cristianos estamos marcados con la señal de la cruz de Cristo, que es la Nueva Alianza recibida por la gracia del Bautismo, que nos constituye en “hijos en el Hijo”, “adoradores en espíritu y en verdad”, donde nuestro templo, sacrificio y altar es solamente Jesucristo, Muerto y Resucitado, celebrado en cualquier momento y lugar, donde lo sagrado no está en las piedras visibles, sino en la persona humana que hemos de servir y querer como lo hizo el mismo Jesús de Nazaret. 

Esta realidad única y salvadora lo han vivido muchos cristianos a lo largo de siglos, cuando han estado perseguidos, en guerras o probados por enfermedades y pestes de todos los tipos. Ellos oraron en el secreto de su corazón como dice el Evangelio (Mt 6,5-13) con las oraciones y medios que tenían. ¿Quién te impide a ti hoy en esta epidemia del Covid-19, hacer lo mismo y orar profundamente ante una pequeña imagen o estampa de tu devoción que te ayude a rezar? 

A pesar del confinamiento actual, somos privilegiados en muchos campos de la vida, si nos comparamos con cristianos de otros tiempos que vivieron situaciones parecidas, pero también con los hermanos nuestros de los países más pobres donde no tienen una buena sanidad, ni ha llegado con tanta fuerza el mundo digital. Gracias a las nuevas tecnologías podemos rezar solos o en familia, la Liturgia de la Horas, el Santo Rosario, el Viacrucis, etc… ver y sentir la Santa Misa por televisión o bien online. Pero claro, me dirán algunos que no pueden comulgar ni confesar. Recuerden que en la tradición de la Iglesia siempre ha habido el “bautismo de deseo”, “la comunión espiritual”, “el acto de arrepentimiento a Dios por nuestros pecados”. Sobre esto último, ha dicho el Papa Francisco esta mañana en la homilía de la Misa de Santa Marta: “Padre, ¿dónde puedo encontrar a un sacerdote, porque no puedo salir de casa?....Tú mismo te puedes acercar al perdón de tus pecados como nos enseña el catecismo con un acto de contrición bien hecho, nuestra alma se convertirá y será blanca como la nieve….prométele al Señor que luego te confesarás, pero habla pronto con Él y recibirás la gracia de Dios”. 

Por favor, nuestros templos podrán estar más o menos cerrados por extrema necesidad sanitaria, pero nadie te impide que tu casa sea una Iglesia doméstica, que como padre de familia ejerzas tu sacerdocio bautismal, que tu corazón sea un sagrario donde tengas la gracia de Dios, que tus brazos repartan siempre obras de caridad y tus labios alaben al Señor y supliques a Dios Todopoderoso que nos libre de estos tiempos pandémicos.

 +Juan del Río Martín 
 Arzobispo Castrense de España

¡¡¡DETENEOS Y RECONOCED QUE YO SOY DIOS!!!

Carta del Abad General OCist para el tiempo de epidemia


Queridos,
La situación que ha surgido con la pandemia del coronavirus me urge a buscar el contacto con todos ustedes a través de esta carta, como signo de que estamos viviendo esta situación en comunión, no sólo entre nosotros, sino con toda la Iglesia y el mundo entero.

 Como me encuentro en Italia y en Roma, experimento esta prueba en un punto crucial, aunque es evidente que la mayoría de los países en los que vivimos se encontrarán pronto en la misma situación.

En beneficio de todos es evidente que la primera reacción correcta que debemos tener, también como Orden y comunidades monásticas, es seguir las indicaciones de las autoridades civiles y eclesiásticas para contribuir con la obediencia y el respeto a una rápida resolución de esta epidemia. Nunca como ahora hemos sido llamados a darnos cuenta de cuánto la responsabilidad personal es un bien para todos. Quien acepta las reglas y el comportamiento necesarios para defenderse del contagio contribuye a limitarlo para los demás. Sería una regla de vida a observar en todo momento, a todos los niveles,
pero en la emergencia actual está claro que todos somos solidarios para bien o para mal.

Pero, aparte del aspecto sanitario de la situación, ¿qué nos está pidiendo este momento dramático con respecto a nuestra vocación? ¿A qué nos está llamando Dios como cristianos y particularmente como monjes y monjas a través de esta prueba universal? ¿Qué testimonio estamos invitados a dar? ¿Qué ayuda específica estamos llamados a ofrecer a la sociedad, a todos nuestros hermanos y hermanas del mundo?



Recuerdo la expresión de la Carta Caritatis en la que he insistido a menudo durante el año pasado, en particular en la Carta de Navidad de 2019 que, dicho sea de paso, se publicó justo cuando comenzó el contagio de COVID-19 en China: “Prodesse omnibus cupientes - deseosos de beneficiar a todos" (cfr. CC, cap. I). ¿Qué beneficio estamos llamados a ofrecer a toda la humanidad en este preciso momento?


"Deteneos y reconoced que yo soy Dios".


Tal vez nuestra primera tarea sea vivir esta circunstancia dándole un significado. Después de todo, el verdadero drama que la sociedad está experimentando actualmente no es tanto o sólo la pandemia, sino sus consecuencias en nuestra existencia diaria. 

El mundo se ha detenido. Las actividades, la economía, la vida política, los viajes, el entretenimiento, el deporte se han detenido, como para una Cuaresma universal. Pero no sólo eso: en Italia y ahora también en otros países, la vida religiosa pública también se ha detenido, la celebración pública de la Eucaristía, todas las reuniones y encuentros eclesiales, al menos aquellos en los que los fieles se reúnen físicamente. Es como un gran ayuno, una gran abstinencia universal.

Esta parada impuesta por el contagio y por las autoridades se presenta y se experimenta como un mal necesario. El hombre contemporáneo, de hecho, ya no sabe cómo detenerse. Sólo se detiene si es detenido. Detenerse libremente se ha convertido en algo casi imposible en la cultura occidental actual, que además está globalizada. Ni siquiera para las vacaciones se detiene uno realmente.  Sólo los reveses desagradables son capaces de detenernos en nuestra prisa por aprovechar cada vez más la vida, el tiempo, a menudo también de otras personas. 

Ahora, sin embargo, un desagradable contratiempo como una epidemia ha detenido a casi todo el mundo. Nuestros proyectos y planes han sido cancelados, y no sabemos por cuánto tiempo. Incluso nosotros, que vivimos una vocación monástica, quizás de clausura, ¡cuánto nos hemos acostumbrado a vivir como todos, a correr como todos, a pensar en nuestra vida proyectándonos siempre hacia un futuro!

Detenerse, en cambio, significa encontrar el presente, el momento que se nos pide vivir ahora, la verdadera realidad del tiempo, y por lo tanto también la verdadera realidad de nosotros mismos, de nuestra vida. El hombre sólo vive en el presente, pero siempre estamos tentados de permanecer apegados al pasado que ya no existe o de proyectarnos hacia un futuro que aún no existe y tal vez nunca existirá.


En el Salmo 45, Dios nos invita a detenernos y reconocer su presencia entre nosotros:

"Deteneos y reconoced que yo soy Dios,
Más alto que los pueblos, más alto que la tierra. 
El Señor del universo está con nosotros, 
nuestro alcázar es el Dios de Jacob." (Sal 45.11-12)

Dios nos pide que nos detengamos; no nos lo impone. Quiere que ante Él nos detengamos y permanezcamos libremente, por elección, es decir, con amor. No nos impide como la policía que detiene a un delincuente fugitivo. 

Quiere que nos detengamos como nos detenemos frente a nuestro ser querido, o como nos detenemos frente a la tierna belleza de un bebé dormido, o un atardecer o una obra de arte que nos llenan de maravilla y silencio. Dios nos pide que nos detengamos para reconocer que su presencia para nosotros llena todo el universo, es lo más importante en la vida, que nada puede superar. 

Detenerse ante Dios significa reconocer que su presencia llena el instante y por lo tanto satisface plenamente nuestro corazón, en cualquier circunstancia y condición en que nos encontremos.



Vivir la limitación con libertad


¿Qué significa eso en la situación actual? Que podemos vivirla con libertad, a pesar de tener que hacerlo. La libertad no es elegir siempre lo que quieres. La libertad es la gracia de poder elegir lo que da plenitud a nuestro corazón, incluso cuando nos lo quitan todo. Incluso cuando se nos quita la libertad, la presencia de Dios nos preserva y nos ofrece la libertad suprema de poder detenernos ante Él, de reconocerlo presente y amigo. Es el gran testimonio de los mártires y de todos los santos.


Cuando Jesús caminó sobre las aguas para llegar a sus discípulos en el mar tempestuoso, los encontró incapaces de avanzar a causa del viento en contra: 

"La barca (...) sacudida por las olas, porque el viento era contrario" (Mt 14,24). 

Los discípulos luchan indefensos contra el viento que se opone a su plan de llegar a la orilla. Jesús les alcanza como sólo Dios puede acercarse al hombre, con una presencia libre de toda restricción. Nada, ningún viento contrario y ni siquiera ninguna ley de la naturaleza puede oponerse al don de la presencia de Cristo que vino a salvar a la humanidad. 

"A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar" (Mt 14, 25).

Pero hay otra tormenta que se opondría a la presencia amistosa del Señor: nuestra desconfianza y temor:

 "Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma" (14,26). 

A menudo lo que imaginamos con los ojos de nuestra desconfianza convierte la realidad en un "fantasma". Entonces, es como si nosotros mismos estuviéramos alimentando el miedo que nos hace gritar. Pero Jesús es más fuerte incluso que esta tormenta interior. Se acerca, nos hace oír su voz, la sonoridad apacible de su presencia amistosa: 

"Jesús les dijo enseguida: '¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’” (14,27)

"Los de la barca se postraron ante él, diciendo: '¡En verdad eres el Hijo de Dios!'" (Mt 14,33). 

Sólo cuando los discípulos reconocen la presencia de Dios y la aceptan como tal, es decir, se detienen ante ella, el viento deja de oponerse a ellos (cf. Mt 14,32) y

 "la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban" (Jn 6,21).

¿Puede suceder esto en la situación de peligro y temor que estamos experimentando ahora ante la propagación del virus y las consecuencias, ciertamente graves y duraderas, de esta situación en el conjunto de la sociedad? 

Reconocer en esta circunstancia una posibilidad extraordinaria de acoger y adorar la presencia de Dios en medio de nosotros no significa huir de la realidad y renunciar a los medios humanos que se ponen en marcha para defendernos del mal. 

Esto sería un insulto a los que ahora, como todo el personal sanitario, se sacrifican por nuestro bien. También sería blasfemo pensar que Dios nos envía pruebas y luego nos muestra lo bueno que Él es para librarnos de ellas. 
Dios entra en nuestras pruebas, las sufre con nosotros y por nosotros hasta la muerte en la Cruz. Nos revela de esta manera que nuestra vida, tanto en la prueba como en el consuelo, tiene un significado infinitamente mayor que la resolución del peligro presente.


El verdadero peligro que se cierne sobre la vida no es la amenaza de muerte, sino la posibilidad de vivir sin sentido, de vivir sin tender hacia una plenitud mayor que la vida y una salvación mayor que la salud.

Esta pandemia, con todos sus corolarios y consecuencias, es entonces una oportunidad para que todos nosotros nos detengamos realmente, no sólo porque estamos forzados, sino porque hemos sido invitados por el Señor a estar ante Él, a reconocer que Él, en este momento, viene a nuestro encuentro en medio de la tormenta de las circunstancias y de nuestra angustia, proponiéndonos una renovada relación de amistad con Él, con Aquel que es indudablemente capaz de detener la pandemia como calmó el viento, pero que sobre todo nos renueva el don de su presencia amistosa, que vence nuestra fragilidad llena de miedo –"¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”– y quiere llevarnos inmediatamente al último y pleno destino de la existencia: Él mismo que permanece y camina con nosotros.

Deberíamos vivir siempre así esta escena del Evangelio, así como la escena del mundo turbado de hoy, no debería parecernos tan extraña. De hecho, nuestra vocación como bautizados, al igual que nuestra vocación a la vida consagrada en la forma monástica, siempre debe ayudarnos y llamarnos a vivir así. 

La situación actual nos recuerda a nosotros y a todos los
cristianos un poco lo que dice San Benito sobre el tiempo de Cuaresma (cf. RB 49,1-3):

deberíamos vivir siempre así, con esta sensibilidad al drama de la vida, con este sentido de nuestra estructural fragilidad, con esta capacidad de renunciar a lo superfluo para salvaguardar lo más profundo y verdadero en nosotros y entre nosotros, con esta fe de que nuestra vida no está en nuestras manos sino en las manos de Dios.

También deberíamos vivir siempre con la conciencia de que todos somos responsables unos de otros, solidarios unos con otros para bien o para mal, de nuestras elecciones, de nuestros comportamientos, incluso los más ocultos y aparentemente insignificantes.



La prueba que viene a atormentarnos debe también hacernos más sensibles a las numerosas pruebas que afectan a otros, a otros pueblos, que a menudo vemos sufrir y morir con indiferencia.

 ¿Recordamos, por ejemplo, que mientras el coronavirus nos está atacando, los pueblos del Cuerno de África están sufriendo desde hace varios meses una invasión de langostas que amenaza el sustento de millones de personas?

¿Recordamos a los migrantes suspendidos en Turquía? 

¿Recordamos la herida siempre abierta en Siria y en todo el Medio Oriente? 
...

Un período de prueba puede hacer que la gente sea más dura o más sensible, más indiferente o más compasiva. Al fin y al cabo, todo depende del amor con el que lo vivimos, y es sobre todo esto lo que Cristo viene a darnos y a despertar en nosotros con su presencia. 

Cualquier prueba pasará, tarde o temprano, pero si la vivimos con amor, la herida que la prueba afecta a nuestras vidas permanecerá abierta, como en el Cuerpo del Resucitado, como una fuente siempre brotante de compasión.

Ministros del grito que pide salvación sin embargo, hay una tarea que estamos llamados a asumir de una manera específica: la ofrenda de la oración, de la súplica que implora la salvación. Jesucristo, por el bautismo, la fe, el encuentro con Él a través de la Iglesia y el don de una vocación particular para estar con Él en la "escuela del servicio del Señor" (RB Prol. 45), nos ha llamado a presentarnos ante el Padre pidiéndole todo en su nombre. 



Por eso nos da el Espíritu que, 

"con gemidos inefables", "viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos orar como conviene" (Rm 8, 26). 

Antes de entrar en la pasión y la muerte, Jesús dijo a sus discípulos: 

"Soy yo quien os he elegido (...) de modo que lo que pidáis
al Padre en mi nombre os lo dé" (Jn 15,16). 


No nos eligió sólo para rezar, sino para ser oídos siempre por el Padre. Nuestra riqueza es entonces la pobreza de no tener otro poder que el de mendigar con fe. Y éste es un carisma que no se nos da sólo para nosotros, sino para llevar a cabo la misión del Hijo que es la salvación del mundo: 

"Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Juan 3,17). 

La necesidad de salvaguardar o recuperar la salud, que todo el mundo siente en este momento, tal vez con angustia, es también una necesidad de salvación, de una salvación que preserve nuestra vida de sentirse sin sentido, arrojada por las olas sin destino, sin el encuentro con el Amor que nos la da en cada momento para llegar a vivir eternamente con Él.


Esta conciencia de nuestra tarea prioritaria de oración por todos debe hacernos universalmente responsables de la fe que tenemos, y de la oración litúrgica que la Iglesia nos confía. En este momento en que la mayoría de los fieles se ven obligados a renunciar a la Eucaristía comunitaria que los reúne en las iglesias, ¡cuánta responsabilidad debemos sentir por las Misas que podemos seguir celebrando en los monasterios, y por el rezo del Oficio Divino que sigue reuniéndonos en el coro!

Ciertamente no tenemos este privilegio porque somos mejores que los demás. Tal vez se nos da precisamente porque no lo somos, y esto hace que nuestra mendicidad sea más humilde, más pobre, más efectiva ante el buen Padre de todos. 

Debemos ser más conscientes que nunca de que ninguna de nuestras oraciones y liturgias deben ser vividas sin sentirnos unidos a todo el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de todos los bautizados que tiende a abrazar a toda la humanidad.



La luz de los ojos de la Madre

Al fin del día, en cada monasterio cisterciense del mundo, entramos en la noche cantando la Salve Regina. Debemos hacer esto pensando también en la oscuridad que a menudo envuelve a la humanidad, llenándola de miedo a perderse en ella.

 En la Salve Regina pedimos sobre todo el "valle de lágrimas" del mundo, y sobre todos los "hijos de Eva exiliados", la luz dulce y consoladora de los "ojos misericordiosos" de la Reina y Madre de la Misericordia, para que en cada circunstancia, en cada noche y peligro, la mirada de María nos muestre a Jesús, nos muestre que Jesús está presente, que nos consuela, que nos cura y nos salva.

Toda nuestra vocación y misión se describe en esta oración.
¡Que María, “nuestra vida, dulzura y esperanza”, nos dé la oportunidad de vivir esta vocación con humildad y coraje, ofreciendo nuestra vida por la paz y la alegría de toda la humanidad!

Roma, 15 de marzo de 2020
3er Domingo de Cuaresma

Fr. Mauro-Giuseppe Lepori OCist

¿Te están gustando los artículos? En el siguiente ENLACE los tienes en word y pdf, para que puedas descargarlos, imprimirlos y subrayarlos.