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La eutanasia de Noelia Castillo

por Gabriel Bravo

El jueves 26 de marzo se consumó la eutanasia que Noelia, de 25 años, había solicitado ante los tribunales y que ha generado un intenso debate en la sociedad.

La historia de esta chica empieza con una infancia complicada, creciendo en un ambiente inestable y sin una familia sólida a su alrededor. Es ingresada en varios centros de protección de menores. A pesar de todo, en esta época detalla momentos y periodos felices, especialmente, los veranos en casa de su abuela, en compañía de su hermana.

En la adolescencia, a causa de la custodia compartida por la separación de sus padres, comienza su deterioro emocional, que va cada vez a más. Los psiquiatras le diagnostican un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y un trastorno límite de la personalidad (TLP). A esto se añaden episodios muy traumáticos: dos agresiones sexuales que la llevan a tener varios intentos de suicidio. En uno de ellos, en 2022, se queda parapléjica al precipitarse desde un quinto piso. A raíz de este suceso, convive con un dolor tanto físico como emocional y entra en un periodo depresivo en el que no ve ningún horizonte vital, sin ilusión por nada y con un futuro muy oscuro. Pasa por centros socio-sanitarios con una situación de dependencia muy grande. Es a partir de aquí cuando se plantea la eutanasia para terminar con su vida.

No voy a entrar en juzgar a Noelia. Nadie debe hacerlo. Yo no comparto su decisión, pero sí la comprendo. Lo que ha vivido es muy, muy traumático y triste.
La pregunta que muchos nos hacemos es: ¿se podría haber hecho algo más -o mucho más- por Noelia para que, a pesar de sus sufrimientos, hubiese optado por seguir luchando en esta vida? ¿Estaba Noelia en plenas facultades mentales cuando toma su decisión?

La respuesta no es fácil. Desde mi punto de vista, a Noelia le ha faltado amor. Repito, amor a raudales. Una familia desestructurada, un padre ausente y con problemas graves… Es muy difícil que el amor que ella necesitaba apareciese. Tampoco pudo percibir el amor de sus amigas. Oí en una entrevista que su mejor amiga del instituto fue hasta el hospital para verla, pero no la dejaron pasar. Ya era tarde.

Por otro lado, Noelia hubiese necesitado de un mejor tratamiento de psiquiatras y psicólogos. La salud mental necesita una atención de calidad y creo que ella no la ha tenido.

Su madre llegó a decir en una entrevista que Noelia había nacido en una familia equivocada. Es una afirmación muy dura y triste que dice mucho. Quizá Noelia en una familia unida, con una visión trascendente de la vida, y volcándose en ella con un cariño auténtico, hubiese seguido adelante. Hay muchos casos que lo corroboran. Como voluntario de un centro de atención de personas con parálisis cerebral sé de lo que hablo.

Ese cariño y atención no pueden garantizarse desde el Estado. Resulta más fácil crear una ley para que, ante esa carencia difícil de resolver, una persona decida que le quiten la vida.

Una vez preguntaron al Papa Francisco sobre el aborto y dijo que los médicos que lo practican se pueden llamar “sicarios,” pues eliminan una vida por encargo. ¿Y qué hay de los médicos que practican la eutanasia aplicando al paciente una inyección letal? Se les puede aplicar el mismo apelativo. Un médico cura enfermedades. Un médico apuesta por la vida. Y en caso de un enfermo terminal, le alivian sus dolores y le acompañan hasta el final. No han estudiado medicina para esto. La eutanasia no es un acto médico. Nadie es quien para quitar la vida a otra persona por mucho que lo diga una ley.

En todos los hospitales y centros sanitarios debería haber una unidad de cuidados paliativos que atendiesen de forma integral a pacientes como Noelia, para atenuar su sufrimiento y acompañarles en su dura lucha en el día a día. Hay innumerables casos en que esto se logra proporcionando un apoyo fundamental para los pacientes y sus familias.

Queridísima Noelia, que Dios te bendiga y descansa en paz.